Bitácora Periodística: El verdadero costo de una curul vacía
Por: Cecilia Palacios
La reciente filtración en redes sociales del regaño que el diputado federal y coordinador de la bancada de Morena, Ricardo Monreal, propinó a sus propias filas desnuda una de las peores dolencias de nuestra clase política: el ausentismo legislativo disfrazado de normalidad.
Las cifras reveladas por el propio coordinador son lapidarias y ofensivas para cualquier ciudadano que paga impuestos: 46 legisladores ausentes un miércoles. Y el dato más indignante no es solo la falta colectiva, sino la desfachatez de las prioridades: de esos 46 faltistas, 30 tienen la intención de reelegirse.
La pregunta que lanza Monreal —«O sea, ¿para qué quieren volver a ser diputados?»— replica en la mente de un electorado harto de simulaciones. La respuesta, lamentablemente, parece obvia para ellos: conservar el fuero, el salario, los privilegios y las prerrogativas, pero sin el tedio ni el compromiso de cumplir con la responsabilidad para la que fueron electos.
El reclamo expone también el tamaño de la concesión que los propios legisladores consideran un favor: exigirles que trabajen dos días a la semana (martes y miércoles). No estamos hablando de jornadas exhaustivas de siete días ni de turnos nocturnos en condiciones adversas. Se trata de sesenta y cuatro horas quincenales dedicadas a discutir, legislar y votar el marco jurídico de la nación.
Aun así, para un sector de la Cámara, esos dos días resultan insostenibles frente a la urgencia de tomar un vuelo anticipado. «Nada de que mi avión sale a las cuatro», espetó Monreal, evidenciando una agenda personal que siempre va por delante de la agenda de la República.
Este episodio en Bitácora Periodística no es solo una anécdota bochornosa de pasillo legislativo; es síntoma de una crisis de representación. Cuando el trabajo parlamentario se reduce a un trámite incómodo que interrumpe los planes de viaje, el Congreso deja de ser la casa del pueblo para convertirse en una agencia de colocación de tiempos compartidos.
Si los propios coordinadores tienen que suplicarles —y exhibirles públicamente— que cumplan con el mínimo ético de asistir a votar, el problema ya no es solo de disciplina partidista, sino de dignidad democrática. Al final, los ciudadanos no necesitan legisladores que se enojen en privado o regañen a regañadientes cuando los cachan en la falta; necesitan representantes que entiendan que el poder público es, antes que nada, una obligación ineludible.
